Sin finales felices por favor.

Ya hará de un par de años que tengo este borrador en el cuaderno.

Va siendo hora de desempolvarlo.

Quiso mantener la calma, estar sosiego, a la altura de la situación; pero definitivamente ese no era él, estaba completamente destruido y su mente en un shock del que sentía hundirse con cada segundo que pasaba. Lo sospecho desde que miró al doctor a lo lejos caminando hacia él: “No podemos hacer nada, es necesario el trasplante, tenemos alrededor de 5 horas antes de que pase lo peor… lo siento”. Una jodida frase ensayada de los médicos, parece que toman clase de Disculpas I y II, el tono neutro y resignado… malditos doctores amables (pensó para sí).

La vida lo había bendecido a sus veinticinco años con Roció, la primera de tres hijas, dos años después vendría Anel y tres años mas tarde Isabel, idénticas a su madre en belleza y terquedad, quien desafortunadamente no había podido vivir para verlas crecer después de su ultimo alumbramiento.

De él todo fue un desastre por algún tiempo, pero recobro el sentido y la voluntad al ver que su esposa se había quedado habitando en tres pedacitos de carne que estaban evolucionando y necesitaban de su fortaleza… y es que nadie dijo que ser padre fuera fácil, y aun mas, al mismo tiempo tener que ser madre. Como pudo (y bien que lo hizo) llevo a sus hijas por un buen camino, eran excelentes estudiantes; Roció una hermosa bailarina de jazz, Anel con un talento maravilloso para el piano e Isabel con una pasión y un don para el dibujo. Él no podía pedir más.

 

Pero nada es perfecto.

 

Un día después del cumpleaños número veintitrés de Roció los cuatro se disponían a abrir los regalos, muchos de ellos de parte de pretendientes que llevaban años tras el “sí” definitivo; sin éxito alguno. Y no era que Roció fuera una recatada ortodoxa, simplemente (a su experiencia) tener un compromiso con quien fuera no era… “practico”, comprendía que no le traía algún beneficio que no pudiera obtener por otros métodos o de diferentes fuentes. Cada vez que abría alguno de los obsequios miraba la etiqueta y le platicaba a su familia como es que había conocido al susodicho y cuanto tiempo llevaba pretendiéndola… una lista muy larga. Anel e Isabel no le envidiaban nada en absoluto a Roció, y compartían la misma idea sobre el compromiso. Su padre les había dado una sola instrucción para que le honraran y él se sintiera orgulloso: Esfuércense por lo que quieran con pasión… sean felices sin importar lo que los demás piensen. A pesar de esto él no había vuelto a enamorarse, ni siquiera intentar hacerlo en alguna cita o con muchas de las mujeres que le invitaban a pasar la noche “para consentirlo”; y no era por “el que dirán”, mas bien por el amor que le había jurado a su difunta esposa, cada día le recordaba con melancolía y la misma intensidad, se había percatado de que no necesitaba otra cosa, con eso era mas que suficiente para ser feliz. Los años fueron llevaderos.

Cuando terminaron de desenvolver el ultimo regalo, que era un vestido escotado por la espalda de color azul cielo, corto y ajustado… se levanto del comedor para írselo aprobar, al poco rato regreso dirigiéndose inmediatamente a su padre quien tenia la mirada perdida, pensando en asuntos sin resolver del trabajo.

“¿Te gusta papá?, yo opino que se me ve muy bien, podría conquistar a quien yo quisiera”, le dijo emocionada.

Al voltear a mirada hacia su hija no pudo evitar la sorpresa… “te vez hermosa, eres idéntica a tu madre, vestida así me recuerdas cuando la conocí”.

Y como conjuro maldito, después de decir la última silaba Roció cayó al suelo sin más.

Mientras Anel llamaba a una ambulancia, él e Isabel seguían intentando reanimarla; y a pesar de que respiraba con consistencia no despertaba del desmayo, la preocupación crecía cada minuto que los paramédicos se demoraban en llegar, ninguno de los tres podía explicarse lo que había pasado y eso aumentaba más su preocupación.

Diez minutos después la ambulancia la llevaba camino al hospital.

Curiosamente la llevaron a emergencias en lugar de darle solo primeros auxilios o reanimación. Él había llegado momentos después con sus dos hijas para enterarse de ello… “necesitan esperar, esta en urgencias, una vez que el doctor termine de atenderla vendrá a darle mas información” les dijo la enfermera.

Y en la espera, sentados, mirando los tres al suelo sin decir ni una palabra… con la suavidad con la que fluye el tiempo, y la furia de quien quisiera castigarlo… Anel se desmayo en el sofá e Isabel cayó al suelo casi al mismo tiempo.

Llamo casi llorando y gritando a las enfermeras quienes a su vez pedían camillas desesperadamente. ¿Qué carajos esta pasando, que demonios? Pensaba mientras por su mente pasaba cada momento de los días anteriores, “quizá fue algo que comieron” deducía. Al poco rato también ellas entraban en urgencias.

Cuando el doctor salió no solo tenía una expresión de preocupación sino de sorpresa y asombro.

Lo que acaba de pasar señor, además de ser una rara y horrible coincidencia, es una tragedia. Sus hijas tienen un raro padecimiento genético, descubierto hace poco menos de diez años. La mal formación en ciertos genes hace que los riñones se transformen en una bomba de tiempo… se destruyen así mismos casi por completo hasta que pasa lo que a sus hijas. La única solución es una droga experimental o un trasplante, el problema con el fármaco es que solo ha funcionado tres veces en los quince casos detectados en el mundo, por lo que no quiero que se haga de falsas esperanzas… y el problema con el trasplante es que en cada una de sus hijas los dos riñones están desechos, entonces… mencionándole lo obvio… (Su expresión es triste y nerviosa, como si el doctor de repente quisiera desaparecer y preferir que alguien mas le diera la noticia) necesitamos por lo menos tres riñones, sus hijas están al final de la lista de espera de donadores y solo tienen este día antes de que los organos dejen de funcionar.”

Después de que el medico le dijo que intentaría restablecerlas con el fármaco se fue de prisa.

Él se quedo en la silla con los codos en las piernas y las manos apretando su cabeza, no podía creer lo que estaba pasando, ¿que castigo divino o infernal estaba pagando? y aunque no era el momento para debilidades se puso a llorar,  lloró por casi una hora hasta que el mismo medico volvió a salir de la sala de emergencias para darle la mala noticia. “No podemos hacer nada, es necesario el trasplante, tenemos alrededor de 5 horas antes de que pase lo peor… lo siento”.

Fue con alguna de las enfermeras y le pidió que hiciera los estudios necesarios para saber la compatibilidad de sus riñones con sus hijas. Unos minutos después la enfermera regreso contenta y alentada a darle la buena nueva al señor: sus riñones son completamente compatibles, no hay ningún riesgo al donar. Pero extrañamente vio como él, en lugar de cambiar su temple de tristeza a felicidad… pareciera que acababa de recibir una noticia aún peor… y así era.

Ahora tendría que decidir quien de sus hijas viviría… y se ponía peor, al pensar que se debería de resignar a la muerte, ¿Sus hijas terminarían por odiarlo o por adorarlo toda la vida? ¿Lo culparían o entenderían la posición en la que estaba? ¿Quién de ellas viviría para hacerlo? Esto definitivamente era una maldición, alguna mala jugada que Dios planeaba resolver milagrosamente antes de que el tiempo se terminara… o quizás… son cosas que pasan.

Estaba solo, nadie podía aconsejarle, ni ayudarlo, ni alentarlo a tomar la decisión correcta…

¡¿Pero cual era la decisión correcta?!

La noticia se extendió en el hospital como una bacteria, nadie se atrevía a decir cualquier cosa, o más bien, nadie era lo suficientemente valiente ni cobarde para hacerlo.

Llego el doctor solo para decirle: ya es tiempo de que tome una decisión, escríbala y yo me encargare del papeleo.

Él levanto la mirada con los ojos sumamente hinchados y destruidos para contestarle: Gracias, ya lo he decidido…

….

FIN.

P.D. A veces, las buenas historias son de las que somos completamente dueños del final.

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